
Erasé una vez un pueblo en la que algunos de sus habitantes pedían favores en una calle, esa calle era misteriosa (no era la calle del ayuntamiento, ni del banco, ni de la caja de ahorros, ni de los asuntos sociales de la comunidad autónoma,...). Era todo mágico: si se te concedía entonces debías pagar a los gestores de la calle (unos hombres vestidos de ropa rara y negra), si no se te concedía pues sería cosa de algo desconocido, la ley de la creación, la mano divina, y llegaba la resignación. Si te gusta esta historia pues métete en ella. Yo paso.
JJ.
1 comentario
Pirado IV -
Saludotes,
Pirado IV estuvo akí ;)